En pocas ocasiones el Arte ha tenido una experiencia tan importante y exitosa como la que se produjo en la República Holandesa durante el siglo XVII, siglo que se ha denominado “EL Siglo de Oro”. Miles de artistas con diferentes talentos y actividades se dieron cita en este destacado periodo, creando cientos de obras de diverso carácter. La especialización fue la clave fundamental de la pintura holandesa del siglo XVII. Los artistas elegían un determinado tema, el cual desarrollaban con gran esfuerzo con el fin de destacar en ese campo. Surgieron grandes pintores de retratos, naturaleza muerta, género, arquitectura, batallas, marinas, paisajes, etc. dejándonos un vasto legado.

Las flores asumen una enorme importancia en el arte y la cultura del siglo de oro holandés. El término “naturaleza muerta” aparece por primera vez en Holanda hacia 1650 en inventarios de cuadros, la palabra “stilleven” tomada del holandés no significaba originalmente otra cosa que “modelo inerte” o “naturaleza inmóvil”. A lo largo de la historia del arte las representaciones florales han estado matizadas por un fuerte simbolismo unido a temas religiosos, en su mayoría relacionados con el culto a la Virgen María, ciertas flores llamadas marianas representaban la pureza de la Madre de Dios. Será en el Siglo de Oro Holandés donde se produce un cambio importante en los símbolos acorde a los cambios sociales, políticos y económicos que quedaron reflejados también en el arte floral de su época.

La pintura de naturaleza muerta de flores, adquiere un gran protagonismo como consecuencia del desarrollo económico producido en parte por la famosa “fiebre del tulipán”. A principios del siglo XVII esta flor era todavía una novedad de jardín, su historia se remonta cuando a mediados del siglo XVI había sido vista por primera vez en la corte turca de Constantinopla por Gislain de Busquecq, tutor del príncipe de la casa de Habsburgo, y ministro plenipotenciario de Fernando I. Busquecq hizo traer semillas de dicha planta para los jardines de Europa del Este, a partir de entonces se desarrolló su cultivo. Hacia el año 1630 se habían contabilizado más de 140 variedades, cultivadas por el método de hibridación, por aquellas especialmente raras se llegaron a pagar sumas astronómicas, y en efecto, el comercio de tulipanes durante la década de los treinta alcanzó en Holanda (Haarlem, Utrech, Alkmar, Leiden, Rotterdam) tales dimensiones, que se organizó un propio mercado de bolsa para coordinar dicha actividad mercantil. Como las bolsas son organizaciones privadas de bienes no presentes y estandarizados, las agitadas transacciones con un producto difícil, que se echaba a perder fácilmente y que poseía un carácter efímero condujeron al desastre económico. La “fiebre de tulipanes” ocupó a los miembros de todas las clases sociales, quienes tomaron parte en las especulaciones, en un grado hoy poco imaginable. En 1637 cayeron los precios tan rápidamente, que los Estados Generales necesitaron dictar medidas subsidiando a los accionistas para así evitar su ruina, sin embargo no surgieron efecto.

Los holandeses siempre tuvieron una gran fascinación por las flores exóticas, que cultivaban en sus jardines como bienes de lujo, se pagaban precios altísimos por los bulbos de tulipanes poco comunes como aquellos que denominan “pétalos de llamas de fuego”, especie muy rara, de pétalos de dos colores, causada esta anomalía por un virus que atacaba el bulbo. No es extraño que los cuadros de flores fueran más baratos que las flores representadas en ellos. Las numerosas naturalezas muertas holandesas con flores realizadas en la primera mitad del siglo XVII, tienen que ser contempladas en relación a la coyuntura de los tulipanes y al colapso económico al cual fue arrastrada una gran parte de la población. El retrato del tulipán debió reemplazar en las especulaciones de las bolsas a los tulipanes reales, sólo disponibles potencialmente en bulbos. Después de la experiencia de la “fiebre del tulipán”, los artistas especializados en flores manifestaban a través de sus obras la transcendencia de los valores en la vida, y la vanidad del ser humano. Simbolizan la belleza, la riqueza y el lujo como algo efímero, representado en bellas flores que pronto se marchitaran. En algunas ocasiones esta idea del paso del tiempo y la mortalidad del hombre se potenciaba pintando calaveras, relojes de arena, o relojes de bolsillo, en las composiciones florales. Acorde a la secularización de la sociedad holandesa el arte, se desarrolla por temas a representar, así surgieron grandes pintores de naturaleza muerta especializados en flores. Entre los más importantes pintores que escogieron este tema en el desarrollo de su carrera, podemos destacar a Ambrosius Bosschaert (Amberes 1573- La Haya 1621), Roelant Savery (Courtrai 1576 – Utrech 1639) , Barthasar van der Ast (Middelburg ca. 1593 – Delf 1656), Simon Verelst ( La Haya 1644 – Londres 1721), Willem van Aelst (Delf 1627 – Amsterdam 1683), Jacob van Waslcapelle (Amsterdam 1644 – 1727), entre otros.

La técnica que seguían en sus composiciones era el juego del claroscuro, las flores de vivos colores ocupan el plano principal contrastando con el fondo oscuro; dando así una sensación óptica de tres dimensiones. Las composiciones son muy cuidadas, tenían en cuenta la variedad de flores que componían el ramo armonizando colores, tonalidades y tamaños. Recreándose en una sinfonía de colores que proporcionaban un placer estético para los sentidos. La escenografía de los cuadros de flores, no era muy variada, flores en jarrones de cristal o piedra, sobre una mesa de mármol o bien enclaustrados en un nicho de piedra. Los insectos, lagartijas, conchas marinas y caracoles, son adornos comunes en este tipo de obras, que siempre conllevan un simbolismo que es reflejo de los valores de la sociedad del momento. A lo largo del Siglo de Oro holandés, las obras de arte con flores obtuvieron gran protagonismo: incrementándose el número de artistas que realizaban este tipo de obras, así como el interés por parte del público y coleccionistas. Gracias a ello hoy tenemos un amplio legado de este Arte.

Soraya Cartategui